En el silencio de la nocturnidad que como una manta le envolvía, el geómetra revisó una vez más su trabajo.
Cientos y cientos de páginas, tomos y tomos, cuartillas de papel reciclado amarillento y granuloso, cubiertas por una escritura fina y arácnida, recubriendo cada hoja como una telaraña dispuesta a atrapar al gentil lector incauto que simplemente pasaba por allí.
A los ojos del no iniciado, ristras de palabras incomprensibles y conceptos inasequibles, lenguaje de otro mundo, intercalados entre innumerables ecuaciones repletas de letras griegas y símbolos de dudoso significado.
El ojo más entrenado vería mejor; un entramado lógico de
"¿Alguna vez has tenido un sueño, que pareciera tan real que no lo puedes distinguir de la realidad? Y si no pudieras despertar de ese sueño, ¿cómo sabrías que estas soñando?"
El geómetra terminó de construír la máquina.
Dicen que los matemáticos sólo viven de abstracciones. Que cuecen conceptos extraños a servir en banquetes en los que no se admiten no iniciados. No.
Los matemáticos son como cualquier otra persona. Se apasionan con lo que hacen y creen en ello. Aunque no entienden bien lo que hacen y lo justifican de una forma un poco rara. A eso lo llaman filosofía de las matemáticas o fundamentos de las matemáticas.
Algunos, los llamados platónicos, creen con demasiada fuerza, y sostienen que las matemáticas existen independientemente de las personas. Otros, los llamados formalistas, creen con demasiado poco entusiasmo, y reducen las matemáticas a ristras de fórmulas lógicas más parecidas a un crucigrama que a otra cosa. Finalmente, los intuicionistas sólo creen en una forma muy reducida de matemáticas que sólo admite lo que es finito, y acusan de fantasioso a aquel que usa el peligroso -y poderoso- concepto de infinito.
¡Filósofos! Están todos locos.
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